Doble materialidad: de impacto y financiera

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¿Cómo medir lo que las empresas le hacen al mundo y viceversa? La respuesta, la doble materialidad.

 

Durante años, la pregunta “¿qué temas sostenibilidad relevantes para  de  son  una  empresa?” tuvo distintas respuestas.

Para un inversor, lo relevante era aquello que podía mover el valor de la compañía. Para una ONG, una comunidad o un regulador ambiental, lo relevante era el daño o el beneficio que la empresa generaba en su entorno. El concepto de doble materialidad nace para dejar de tratar estas miradas como alternativas y obligar a las empresas a evaluar ambas, de forma sistemática y documentada.

La materialidad de impacto mira “de adentro hacia afuera”. Un tema es material desde esta perspectiva cuando la empresa tiene, o podría tener, impactos significativos, positivos o negativos, sobre las personas o el medio ambiente, ya sea a través de sus propias operaciones o de su cadena de valor, aguas arriba y aguas abajo. Esta es la lógica que históricamente adoptó GRI.

La materialidad financiera mira “de afuera hacia adentro”. Un tema es material financieramente cuando genera riesgos u oportunidades que afectan, o podrían razonablemente afectar, los flujos de caja, el desempeño, la posición financiera, el acceso a financiamiento o el costo de capital de la empresa en el corto, mediano o largo plazo. Es el enfoque de las normas del ISSB (NIIF S1 y S2) y, en esencia, el que siempre usó la contabilidad tradicional.

La doble materialidad, formalizada en la Unión Europea a través de la CSRD y los estándares ESRS, establece que un tema debe reportarse si es material desde cualquiera de las dos perspectivas, o desde ambas.

 

Materialidad de Impacto

El punto de partida es identificar los impactos reales y potenciales a lo largo de la cadena de valor, idealmente apoyándose en la debida diligencia y en el diálogo con los grupos de interés afectados. Una vez identificados, cada impacto se evalúa según su severidad, que a su vez se compone de tres dimensiones: la escala, el alcance y el carácter irremediable. Para los impactos potenciales se suma la probabilidad de ocurrencia.

En la práctica, muchas empresas asignan puntajes en escalas de 1 a 5 a cada dimensión, los combinan (promedios, máximos o productos) y fijan un umbral a partir del cual el impacto se considera material.

Lo crítico no es la fórmula elegida sino que los criterios estén documentados, se apliquen de forma consistente y se basen en evidencia (datos de emisiones, auditorías de proveedores, reclamos de comunidades, estudios sectoriales), no solo en percepciones internas.

 

Materialidad financiera

Aquí la lógica se parece mucho más a la gestión de riesgos corporativos. Para cada riesgo u oportunidad de sostenibilidad se estima la magnitud del efecto financiero y la probabilidad de que se materialice, considerando distintos horizontes temporales.

La magnitud puede expresarse cualitativamente o, idealmente, en términos cuantitativos: impacto potencial sobre ingresos, costos operativos, capex, valor de activos, provisiones por litigios o variación en el costo de financiamiento. Los umbrales suelen alinearse con los que la empresa ya usa en su matriz de riesgos o con criterios de materialidad contable (un porcentaje del EBITDA, de los ingresos o del patrimonio).

Las herramientas más usadas incluyen el análisis de escenarios, los mapas de calor de riesgos, las pruebas de estrés y, cada vez más, la integración directa con el sistema de gestión de riesgos empresariales (ERM). Una regla práctica: si un riesgo de sostenibilidad es material financieramente pero no aparece en el mapa de riesgos corporativo, alguno de los dos análisis está mal hecho.

 

¿Dónde se cruzan?

La intersección entre ambas materialidades es el punto más interesante, y también el más malinterpretado. No son dos listas independientes que se suman; están conectadas por relaciones causales.

La conexión más frecuente es que un impacto se convierte en riesgo financiero.

Las emisiones de una empresa son primero un impacto sobre el clima; cuando aparece un precio al carbono, un arancel en frontera o una exigencia de un cliente europeo, ese mismo tema pasa a afectar sus costos y su acceso a mercados. Lo mismo ocurre con el trabajo forzoso en la cadena de suministro, que puede derivar en bloqueos a importaciones, pérdida de contratos o daño reputacional. Por eso se habla de materialidad dinámica: los temas migran con el tiempo de una dimensión a la otra, a menudo de la mano de cambios regulatorios, tecnológicos o sociales.

También existe la relación inversa, aunque es menos comentada: una dependencia de la empresa respecto de recursos naturales o sociales (agua, polinizadores, estabilidad climática, mano de obra calificada) puede generar riesgos financieros aun cuando la empresa no sea la principal causante del problema. Una agroindustria afectada por la sequía es un ejemplo claro.

Por último, hay temas que son materiales en una sola dimensión, y eso es legítimo. Un banco puede tener impactos sociales relevantes vía inclusión financiera sin que eso mueva significativamente sus números, y una empresa puede enfrentar un riesgo financiero por volatilidad del precio de la energía sin que su impacto ambiental directo sea grande.

 

Una buena práctica es evaluar ambas dimensiones sobre la misma lista de temas y la misma fuente de hechos, y luego analizar explícitamente los vínculos: qué impactos tienen consecuencias financieras, cuáles podrían tenerlas y en qué horizonte. Esto evita el problema clásico de la “matriz de materialidad” bidimensional que muchas empresas publican, donde los ejes se completan con encuestas de percepción y no con evaluaciones de severidad ni de magnitud financiera.

Conclusión

La doble materialidad no es un ejercicio de cumplimiento ni un gráfico para el reporte anual. Bien hecha, es una herramienta de gestión que conecta lo que la empresa le hace al mundo con lo que el mundo puede hacerle a la empresa, y que permite anticipar qué impactos de hoy se convertirán en los riesgos financieros de mañana. Las empresas que la tratan como dos análisis separados, o como una encuesta de percepción, pierden justamente ese valor.

 

Por: Luciana Russo
Gerente Senior de Auditoría
& ESG en Baker Tilly Argentina

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