El fraude organizacional en la era de la Inteligencia Artificial: un problema que no es tecnológico

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Por: Ignacio Guatibonza 

Assurance Partner / Baker Tilly Colombia 

 

En un contexto donde la inteligencia artificial promete transformar la manera en que operan las organizaciones, podría pensarse que el fraude está en retroceso. La realidad es distinta: el fraude no solo persiste, sino que se vuelve más sofisticado, más costoso y, en muchos casos, más difícil de detectar.

Tras más de 20 años liderando auditorías financieras y forenses, hay una conclusión que se mantiene constante: el fraude organizacional no es un problema tecnológico, es un problema humano.

Las organizaciones suelen invertir en sistemas robustos, herramientas de control y estructuras formales de gobierno corporativo. Sin embargo, el fraude sigue ocurriendo.

¿Por qué? Porque los controles no fallan sólo por su diseño, sino por su desactualización, su inadecuada aplicación o, en muchos casos, por la confianza excesiva en que “todo está funcionando”.

El factor común en la mayoría de los casos no es la ausencia de controles, sino la pérdida de vigencia de los mismos frente a la evolución del negocio.

He visto compañías con ERP de clase mundial, auditoría interna, segregación de funciones y juntas directivas activas, enfrentando fraudes significativos. En uno de estos casos, el origen no fue una falla tecnológica ni una sofisticada manipulación de sistemas, sino algo mucho más básico: estatutos desactualizados y límites de aprobación que ya no correspondían a la realidad operativa del negocio.

Este tipo de brechas, aparentemente menores, abren la puerta a esquemas que escalan rápidamente y terminan comprometiendo la sostenibilidad de la organización.

La inteligencia artificial, lejos de ser la solución definitiva, también está siendo utilizada para sofisticar los esquemas de fraude.

Esto plantea un nuevo desafío: no basta con adoptar tecnología; es necesario fortalecer el criterio, el gobierno corporativo y la capacidad de supervisión.

El verdadero diferencial no está en tener más controles, sino en tener controles vigentes, coherentes y alineados con la realidad del negocio.

En este contexto, el rol de la alta dirección y de las juntas directivas es crítico. No se trata únicamente de aprobar políticas o revisar reportes, sino de cuestionar, actualizar y asegurar que el sistema de control interno evolucione al mismo ritmo que la organización.

El fraude no es un evento aislado ni una excepción desafortunada. Es, en la mayoría de los casos, la manifestación de debilidades estructurales en el gobierno corporativo.

Y mientras esas debilidades persistan, ninguna tecnología —por avanzada que sea — será suficiente para contenerlo.

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